Eric Johnson hizo que House of Blues San Diego guardara silencio para escuchar cada nota
Había momentos en el concierto de Eric Johnson donde House of Blues San Diego se sentía extrañamente quieto. No por falta de emoción, sino porque el público parecía demasiado concentrado tratando de absorber todo lo que estaba ocurriendo sobre el escenario.
Y tenía sentido.
Lo de Johnson no es el típico concierto de guitarra construido únicamente para presumir velocidad o técnica. Incluso en sus momentos más complejos, el show se sintió más cercano a una conversación entre músicos que a una exhibición de virtuosismo. Cada pausa, improvisación y cambio de intensidad parecía pensado para dejar respirar las canciones y permitir que el trío encontrara su propio ritmo en vivo.
Como parte de la gira Texaphonic Tour, el legendario guitarrista texano presentó un espectáculo dividido en dos actos completamente distintos entre sí: una primera mitad acústica mucho más íntima y atmosférica, seguida por un segundo bloque eléctrico donde la energía y la improvisación comenzaron a expandirse mucho más.
Acompañado únicamente por bajista y baterista, Johnson logró llenar cada rincón del recinto sin necesidad de una producción exagerada. La química entre los tres músicos era evidente desde los primeros minutos, especialmente durante piezas como “Resolution”, “Abelia” y “Waterwheel”, donde el enfoque estaba mucho más puesto en las texturas, dinámicas y sensibilidad instrumental que en buscar aplausos fáciles.
Uno de los momentos más interesantes del primer set llegó con “Chester”, homenaje al legendario Chet Atkins, dejando ver parte de las raíces musicales que han influenciado el estilo de Johnson durante décadas. Más adelante, el músico sorprendió al sentarse al piano para interpretar “Divanae”, “The Man I Am” y “Valley View”, mostrando otra faceta de su composición mucho más contemplativa y emocional.
La reacción del público durante toda esta primera mitad fue particularmente interesante. Más que un ambiente explosivo, predominaba una especie de atención colectiva absoluta. La gente observaba cada detalle técnico, reaccionando con aplausos espontáneos después de solos, cambios de ritmo o momentos especialmente complejos entre los músicos.
Pero todo cambió cuando llegó el set eléctrico.
Con “Righteous” y “Forty Mile Town”, la noche tomó mucha más fuerza. Las improvisaciones comenzaron a extenderse, los solos se volvieron más agresivos y el concierto encontró un ritmo mucho más libre, donde Johnson y compañía parecían disfrutar cada oportunidad para desviarse ligeramente de las versiones originales y jugar con las canciones en tiempo real.
Interpretaciones como “Caravan” de Duke Ellington o “On Green Dolphin Street” terminaron funcionando como auténticas clínicas musicales en vivo, especialmente por la manera en que el trío se permitía construir tensión poco a poco antes de explotar instrumentalmente. Incluso los momentos centrados en batería y bajo se sentían completamente orgánicos dentro del flujo del concierto.
Y aunque la noche estuvo dominada por piezas instrumentales, nunca se sintió distante o fría. Al contrario: la conexión con el público aparecía precisamente en la admiración colectiva hacia la ejecución impecable de cada tema.
La recta final elevó todavía más la intensidad con “Desert Rose” y una extraordinaria interpretación de “Cliffs of Dover”, probablemente el momento más celebrado de toda la noche. La introducción extendida de guitarra provocó una reacción inmediata entre los asistentes, muchos de ellos observando casi incrédulos la precisión con la que Johnson sigue ejecutando una pieza considerada ya histórica dentro de la guitarra contemporánea.
Para cerrar, el encore con “Bold as Love” de The Jimi Hendrix Experience y “Anthem for Today” al piano terminó dejando claro algo que el concierto había insinuado durante toda la noche: Eric Johnson no necesita demasiadas palabras sobre el escenario porque toda la conversación ocurre en las canciones.

































